Se lo dije con un suspiro, casi como una necesidad personal de expresarlo y con miedo de que lo haya escuchado.
La habitación parecía un confesionario, a oscuras, no podía ver su rostro que se ocultaba en la almohada.
Me escondí en las sábanas, tratando de dormir y despertar pensando que era un sueño más que había tenido, en el que siempre despierto antes de que responda.
El riesgo de brindarle un sentimiento tan sincero a una persona que no sabés si es recíproco.
La mañana asoma por la persiana, lunares de luz rodean el cuarto.
Una mano me busca entre tanto laberinto de sábanas y frazadas. Me abraza.
-Yo también.

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