La mancha de humedad en la pared se había extendido, las goteras en aquel viejo edificio eran algo cotidiano. Bernardo observaba el techo con absoluta tranquilidad, buscaba formas reales en los nudos de la madera. Las manchas parecían caras de agonía, otras de sorpresa, y a veces perros con dos patas.
La humedad no era sólo cosa de la pared, en aquella ciudad la humedad permanecía habitualmente. A veces como niebla, otras como lluvia, pero siempre estaba allí. Las manos las sentía pegajosas, su ropa como mojada, transpiraba pero a la vez sentía frío. Era una sensación realmente incómoda.
Un sonido de campanilla entró por su ventana. Bernardo corrió apenas sus cortinas, como espiando, y observó con detenimiento la panadería en la esquina frente su ventana. El aroma del pan recién hecho muy intenso, y a pesar de la niebla que rondaba por las calles, la luz amarilla y cálida de la tienda resaltaba e iluminaba la tristeza de aquella cuadra gris.
Pero él no miraba la panadería, no. De cabellos rojizos, una mujer de su edad, con una sonrisa aún más joven, decoraba las tartas con placer. Este día llevaba un precioso vestido azul de invierno.
Bernardo inquieto por verla tironeo de la cortina y está cayó de repente. Envuelto en las telas pudo ver el rostro de la chica desde la calle observándolo con curiosidad. Él la miró y tratando de disimular simplemente sonrió. Pero ella no. El cuerpo desgarbado del hombre, la camiseta sucia y los cabellos enredados alarmaron a la mujer, y ésta optó por volver a la panadería sin gesto alguno .
La siguió observando agachado envuelto por las cortinas, expectante por ver su cabello. Su corazón aceleraba al igual que su transpiración y la emoción de no ser descubierto lo excitaba. Tomó una ducha para calmarse y para meditar cada palabra que le diría cuando fuera a comprar. Un pantalón de vestir, unos zapatos que le faltaban lustre y una camisa, pero a pesar de la humedad decidió acompañarla con un saco porque los nervios y la transpiración juegan una mala pasada.
Su entrada se notó de lo rápida que fue por la campanilla de la puerta y porque además en el envión empujó a una persona que estaba saliendo, los clientes y personal lo observaron, su mirada no bajaba del suelo aunque sea para agarrar su número para ser atendido. Se repetía insultos a sí mismo en la cabeza y se limpiaba el sudor de sus manos en el pañuelo. Era el 11 e iban por el 9, su mirada recuperaba confianza y subío hasta el vidrio que mostraba las facturas y se percató en ese momento de que no había pensado en qué comprar.
-10...10?...11...
Demasiado tarde.
-11!
-Hola, si, buenas tardes.
-Qué desea?
-Ehh...facturas, si eso.
-Bien, cuáles?
-Deme de esas que tienen eso arriba. 5 deme.
-Algo más? Sería 22.
-Disculpe, por casualidad no trabaja aquí una chica de cabello pelirrojo?
-La nueva? Si, es Malena, es la chica que estaba saliendo y chocaste con la puerta.
-Buenos gracias.
Bernardo llegó corriendo hasta su casa como escapando de la verguenza, se bañó otra vez y se dispuso a merendar. Preparó un té vainilla y abrió las facturas, eran de membrillo, las que no le gustaban. Terminó de limpiar la taza y se tiró en la cama. "Mañana será otro día" se repitió a sí mismo hasta quedarse dormido creando formas con la humedad del techo.









