viernes, 16 de noviembre de 2018

El chico del colectivo

El pie de Celia se deslizó estrepitosamente sobre la mesita ratona de la sala, volvió a levantar el pie y terminó de ajustar sus zapatillas de lona.
Estaba apurada, ya estaba llegando tarde al trabajo, tomó su bufanda de siempre, las llaves, y se llevó el tapado en la mano para no perder más tiempo. 
 Cuando llegó finalmente a cerrar la puerta, buscó la sube pero no la encuentró. Tanteó en los bolsillos desesperada. Un chicle viejo envuelto en papel, un ticket del supermercado, un billete de dos pesos que nunca tiró. "Dónde mierda lo dejé"
 Escuchó, a lo lejos el colectivo rugiendo. Con el corazón en la boca, se dio cuenta que se le había caído al suelo. La tomó y empezó a correr. Correr un colectivo,"¿ qué clase de pérdida de dignidad es esa?" pensó.
 El colectivo frenó justo cuando ella se acercaba, le abrió la puerta y ella subió agitada. Se tambaleó como todos los días dado que el colectivo dobla justo después de su parada. Una vez que logró estabilizarse buscó un lugar para sentarse.
 Las personas la miraban. Siempre la miraban. A veces pensaba que era por su belleza o fealdad, otras veces sentía que tenía el pelo mal arreglado o se había olvidado de limpiarse algún resto de pasta de dientes en la cara. 
 Celia tomó un asiento en el medio del colectivo y se pasó la mano por la cara para asegurarse que no estaba manchada con menta. 
 Y como todos los días, Celia estaba atenta a las calles. Atenta a no quedarse dormida en el trayecto, y a esperarlo. ¿A quien? No lo sabe. No sabe nada sobre él. Sólo sabe que es un tipo delgado, con mandíbula filosa y una mirada fría que irónicamente calienta el alma de Celia en cada viaje. Se subía justo a dos cuadras de la avenida  principal. Siempre a la misma hora. Con una camisa blanca abrochada hasta el último botón pero sin corbata, pantalón de gabardina y zapatillas. ¿Va a trabajar? ¿Quien iría vestido tan informalmente formal a un trabajo? ¿Qué clase de trabajo sería?
 Celia lo vió subirse y lo miró hasta que terminó de pagar su boleto. Se acercó hacia el fondo pero no pudo ir demasiado lejos dada la cantidad de gente que había. Celia lo miraba con curiosidad, procurando que no cruzar miradas. No sabía por qué, pero sentía que no podría hablarle jamás, que era un hombre demasiado apuesto para salir con ella. O tal vez no demasiado apuesto, pero en el fondo sentía que no era su tipo, pero aún así fantaseaba con poder serlo. 
 Cruce de miradas. Esquivo activado. Celia disimuló mirando hacia la ventana. Un calor interno la envolvió. Oh no. Tomate de nuevo? Por una mirada? Pero qué débil, se decía a sí misma.
 Las personas se fueron bajando. El joven se acercaba cada vez más hacia donde ella estaba. El rojo de sus mejillas se volvía cada vez peor, sentía la transpiración en sus brazos, se sintió asquerosa, ya la situación le disgustó. Estaba chivando de los nervios.
 Basta por favor.

Es hora de bajarse. Celia agarró las correas de la mochila y con cuidado se la puso tratando de no pegarle un codazo a su amor platónico. 
 Lo que más le gustaba era que ambos se bajaban en la misma parada. Aunque ya en ese momento prefería tirarse por la ventana. 
 Problemas...
 Él se acercó a la puerta antes que ella, y sabía lo que sucedía siempre. Una situación incómoda que no podia controlar, y no sabía cómo debía actuar.
 El colectivo frenó, él debió bajarse pero no lo hizo, y entonces le dijo "pasá, pasá". Ella educadamente trató de decirle "NO, DALE, VOS ESTABAS ANTES". Pero se lo gritó, toda roja y transpirada. Pero qué papelón como diría mamá.
 Y él, o por miedo o por caballerosidad insistió " dale, pasa vos". Y ella bajó diciendo un "gracias" apenas audible. Ya con los pies en la tierra emprendió su camino hacia la oficina, con el tapado todo arrugado en una mano y apresurando el paso.

¿A donde va él? ¿Qué gustos tendrá? ¿Me tendrá en cuenta? ¿Habrá escuchado el gracias? ¿Algun día podremos charlar hasta la madrugada en un café escuchando bossa Nova con el mar del fondo y una brisa cálida?
 Fantasía. Misterio. Amor.

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