Vivimos con el spoiler de que algún día vamos a morir. Arranqué pum para arriba. Es una idea que a veces no me deja dormir, no es el hecho de que deje de existir, sino el que mis seres queridos lo hagan y esté vivo para verlo, sufrirlo.
El año pasado caí en que, en algún momento mi perra no iba a estar para siempre conmigo. Monona, mi hija, mi hermana, el ser que me acompaña desde que tengo 12, crecimos juntos. Es ahí cuando me propuse aprovechar cada momento con ella, de tirarme al suelo seguido y jugar, despedirme cada vez que salgo de casa.
¿Qué es peor: la herida realizada o saber que vas a sufrir? Es como las inyecciones, me aterran, no recuerdo el acto en sí, pero tengo presente el miedo de dirigirme al lugar con mi mamá y saber del pinchazo. Que me iban agarrar porque no me quedaba quieto, que mi brazo se endurecía e iba a doler más.
De chico imaginaba seguido que al volver de la escuela iba a encontrar un patrullero en casa, mis padres muertos, la sangre derramada en el piso. Los vecinos agrupados, mirándome con lástima.
Imaginaba eso para, en caso de que ocurriera, no sufriera tanto.
Sufrir en cuotas.

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