martes, 12 de junio de 2018

II


Se llevó Literatura a Febrero, dos años seguidos en el secundario. ¿Pero qué le iba a decir a su madre? Era la única carrera disponible y una amiga de ella le hizo un hueco porque ya habían cerrado las inscripciones. 

"Al menos es un lugar en silencio".

Entró al colegio, saludó a los porteros, siempre hay que llevarse bien con las personas de limpieza. Se quejó con las preceptoras del clima y se alegraron que el profesor de Historia faltara, aquel que sólo se la pasa hablando de su ex y que no le alcanza para la cuota.

Entre libros se siente acompañada pero sin la necesidad de hablar, cada tanto vienen estudiantes pero es para esconderse y besarse, ella actúa como si no pasara nada. No se hace drama si alguien no devuelve un ejemplar retirado, "es mejor a que estén acumulando polvo".

Suena el timbre del recreo:

10 minutos para besarse que se extienden a 13,  incluyendo el reto de de una preceptora.

8 minutos para sacarse una selfie, 2 para elegir el filtro

6 minutos para fumarse un porro, 4 para que se vaya el olor.

Podría ir a la sala de profesores pero no da, no enseña, no conoce a la mayoría de los estudiantes, no sabría a quién le están sacando el cuero. No limpia, no podría aparecerse abajo y unirse a la charla y sentirse una extraña, escuchando a qué docente le sacan del cuero. 

Tanto la limpieza como los educadores la miran de reojo. El trato que tiene es el necesario, algún chascarrillo los viernes preguntando qué se hace un fin de semana y los lunes para corroborar cómo fue.

En un colegio de 823 personas no encuentra con quién reunirse, aislada al fondo del pasillo. En una biblioteca que no se actualizó al tiempo de las computadores y tablets. 

La salvación llega cuando unos integrantes del Centro de Estudiantes pasan, venden torta y café para recaudar fondos y comprar dos aros de basquet. Ella acepta, después de todo también les brinda el lugar para que puedan juntarse, las reuniones y los debates le recuerdan cuando todavía tenía ganas de cambiar el mundo.

Toca el timbre, se termina el café y guarda media porción de torta en un tupper que por fin tiene utilidad, los enamorados del fondo salen de su escondite y se separan para dirigirse a sus aulas, de fondo se escucha un reto.

10:50: Ordena libros, los huele, se guarda uno sabiendo que no lo leerá, pero es su costumbre de los viernes.

11:11: Espía por el pasillo para no cruzarse al alguien , y se dirige al baño para cambiarse el tampón.

11:27: Logra desbloquear el nivel que tanto le costaba en el Tetris de su celular.

Al sonar el timbre de salida, guarda sus cosas, y baja junto a los estudiantes, queriendo camuflarse entre la marea uniformada. Siempre sale apurada como si llegara tarde, sus colegas deducen que "está en algo".

Apurada para llegar a casa y hundirse en su cama hasta que la alarma vuelve a sonar el lunes 6am. Muchos fines de semana con fiaca, ya no los tendrá. Ahora tiene el reto de cómo aprovecharlos.

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