La misma secuencia todas las mañanas, la mirada fija hacia el techo observando las aspas del ventilador que forman una cruz y me quisieran conceder un milagro del que no creo.
Al principio vinieron amigos y familiares distantes. Escuchaba a susurros lo que conversaban con mis padres, de cómo en el pasillo dibujaban una sonrisa pero sus ojos delataban preocupación, lástima y hasta algunos envidia.
Hasta incluso vinieron profesionales:
"Es una reacción a la represión y ahogamiento que le han hecho como padres , y eso repercute en la manera de expresarse".
"Es un claro ejemplo de la falta de atención que le han dado y por medio de esta manera quiere llamar la atención".
Decidí llamarme a silencio, me comunicaba con gestos o muecas, aunque a decir verdad ya habían pasado tantos soles por mi ventana que dudo que alguien me recuerde aún. En el silencio pude escuchar el ruido más fuerte de todos, mis pensamientos.
Habían pasado 40 días de que mi padre me encontró en el baño inconsciente por las pastillas. De ese lapso de tiempo del "Por qué no?" que tantas veces había pensado. De tenerle miedo a la vida más que a la muerte. Le había faltado el respeto a la muerte y esta me había maldecido a vivir.
Tras vagar 40 días en la nada ocurrió el milagro. Una tregua entre la vida y la muerte en la que tarde o temprano seré recompensada. No puedo morir sino vivo. Aquella mañana no creí en el ventilador, creí en mí misma.

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