Le gustaba revolver su pelo perfectamente peinado, despeinarle las cejas.
También le gustaban sus manos, que aunque se comiera las uñas eran enormes y delgadas, como las ramas de un árbol.
La piel suave de sus brazos lampiños.
El olor a shampoo en su pelo.
Amanda hundía su cara en el pecho del joven, respiraba su perfume, lo rodeaba con los brazos y se sentía pequeña.
Una sensación de protección la rodeaba, de confianza. También una sensación de alivio, de ese miedo que tuvo siempre a quedarse sola por mucho tiempo, a disgustarle a seres queridos.
Amanda decaía por momentos. Demasiado sufrimiento para un corazón tan joven.
Caminó hacia la costa y se sentó en el banco al que siempre concurría. El cielo estaba despejado. Tenía un nudo en la garganta. Respiró hondo y cerró los ojos. Se sentía cansada.
Una mano en su hombro la asustó. Por detrás suyo el muchacho la abrazó.
El nudo desapareció.

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