jueves, 10 de noviembre de 2016

Amanda

A amanda le gustaba sentir su respiración húmeda en el oído.
 Le gustaba revolver su pelo perfectamente peinado, despeinarle las cejas.
 También le gustaban sus manos, que aunque se comiera las uñas eran enormes y delgadas, como las ramas de un árbol.
 La piel suave de sus brazos lampiños.
 El olor a shampoo en su pelo.
 Amanda hundía su cara en el pecho del joven, respiraba su perfume, lo rodeaba con los brazos y se sentía pequeña.
 Una sensación de protección la rodeaba, de confianza. También una sensación de alivio, de ese miedo que tuvo siempre a quedarse sola por mucho tiempo, a disgustarle a seres queridos.
 Amanda decaía por momentos. Demasiado sufrimiento para un corazón tan joven.
 Caminó hacia la costa y se sentó en el banco al que siempre concurría. El cielo estaba despejado. Tenía un nudo en la garganta. Respiró hondo y cerró los ojos. Se sentía cansada. 
 Una mano en su hombro la asustó. Por detrás suyo el muchacho la abrazó.
 El nudo desapareció.


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