La primera vez que tuve noción de violencia de género fue a los 12 años cuando un compañero de clase me contó que por haber ganado el campeonato con su equipo de basquet, el entrenador los llevaría a "debutar".
Me imaginé la secuencia, me dio asco. No entiendía por qué ganándole una final a Quilmes se accedería a un momento tan importante en la vida de una persona como su primera relación sexual. Al lunes que viene algunos compañeros lo saludaron y llenaron de elogios, yo seguía pensando en la secuencia.
Al pasar los años tuve la oportunidad de entrevistar para un medio a las chicas de Alameda y tenían destellos del rostro que yo me había imaginado a los 12 años. Pero ahora sabía el por qué lo tenían: maltrato, drogas e incluso baja autoestima haciéndolas ir por un camino de autodestrucción. Me contaron de casos como el de Mendoza en que los fines de semana y feriados cierran su atención al público para recibir a los de la policía y el ejército.
Recuerdo que Camila me dijo: "Lo peor de todo no era el lugar, estábamos acostumbradas a ese infierno, nos hicieron acostumbrar a la fuerza con drogas. Lo peor de todo era salir a la calle, una trata de escapar pero se topa con la misma mirada, los mismos dichos denigrantes. Y que sea a la vista y oídos de todos. Que nadie te defienda porque a mí me hicieron tan mierda que ni yo sabía defenderme. Te obligan pero también te llenan de miedos para que no hables. Ahora ya estoy para esas mujeres que se encuentran como en un momento yo estuve, para denunciar y dar a conocer lo que le podría llegar a pasar a tu mamá y hermana si no se corta de una vez por todas".

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