Hace poco estuve en Buenos Aires, me hospedé a dos cuadras de Callao y Corrientes y a cinco del Obelisco. Por las noches me gustaba salir a caminar y ver a la gente, lugares siempre repletos y propuestas culturales interesantes. Una chica me paró y me dijo que entrara a ver una obra independiente que era a la gorra, en una pensión. La obra era una chica desnuda gritando, algo así como la película griega Attemberg, pero con desnudos. Tenía más hambre que excite y me fui del lugar.
Me gusta la gente de Buenos Aires, el ritmo que tiene y la actitud. A diferencia del marplatense, que reconozco, somos unos amargos, los porteños no se andan fijando en la vestimenta de los demás y es ahí donde resaltan. Visten bien o normal, las mujeres bellas con vestido. No la típica calza o jean. Y si lo hacen lo maquillan con algo original. Y siempre la gente en grupo, nunca sola, vas o te llevan. Es como una ola a la que no estoy acostumbrado ya que se me secó la garganta de tanto pedir permiso y perdón.
Se respira otro ambiente, a diferencia de acá que se respira un ambiente más anciano, es lo lógico ya que más de la mitad de población es gente de la tercera edad. Pero si me decís de ir a vivir ahí te digo que no. Es atractivo pero su ritmo te desgasta rápidamente.
Buenos Aires como el canto de las sirenas, te llama, te seduce, pero a fin de cuentas su final no es feliz.

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