jueves, 27 de octubre de 2016

El gato del patio y mi descarga

Me gustaría escribir sobre tantas cosas y no puedo, siempre para evitar que las personas involucradas lo lean. Pero necesito esa descarga. Los cuadernillos no sirven. Ya no.

Me encuentro en ese estado de cara de poker, donde tenés un humor neutro, pero susceptible. Problemas pequeños en conjunto me irritan demasiado, más de lo que debería. Ésta semana me siento triste, sé y a la vez no sé por qué. Quiero escapar pero cuando escapo quiero volver. Y hace frío, y no puedo salir a caminar así.
 Siento que la gente no está conmigo, pero cuando lo está no sé qué decir y me quiero ir.
 Es entonces cuando revuelvo la biblioteca y busco un libro en el cual hundirme, uno que me haga pensar en otra cosa, que me saque de la realidad y me inserte en un mundo de ficción donde no existen mis pensamientos, donde no están mis problemas.
 A veces creo que no soy buena persona, que tengo muchísimos errores terribles. Pero otras veces lo pienso y me pregunto: yo soy así o me están haciendo creer que lo soy?
 Ésta semana de mente en blanco, de ganas de llorar repentinas y de querer putear al primero que se me cruce, se repite constantemente.
 Hay un gato que viene a casa siempre, se instala en mi patio y empieza a maullar. Mamá le da de comer aunque no le gusten los gatos. Tiene cara de enojado, es negro y blanco. A veces salgo y me siento en el pasto a hacerle mimos, se refriega en mi buzo y me llena de pelos, pero el ronroneo es tranquilizador. Es increíble cómo una compañía que simplemente no dice nada reconforta tanto. Me hace pensar en mí, en mi enojo con todo, mi cara seria y enojada, y la falta de cariño que a veces necesito.


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