Woody Allen había ayudado a conseguir la oportunidad perfecta para un acercamiento entre los dos. Una justificación para verse a las caras, para tener de qué hablar, para tentarse.
La sala estaba rodeada de ancianos, y ellos eran los únicos de carne joven, aunque tal vez el muchacho había sido llevado a rastras.
El jazz resonaba en la sala a más no poder, I only have eyes for you, y de pronto hubo algo.
Los apoyabrazos de los cines sólo son para una persona, jamás pueden dos a la vez. Un roce. Ella quitó el brazo. pero los brazos seguían tocándose. Un sólo contacto hacía que ambos se estremecieran. La película poco importaba en cierto punto, porque las mentes estaban distraídas.
El cuerpo tenso. ¿Dejar el brazo o quitarlo?
Como si ese centímetro de piel que lo tocaba fuera un delito. La tentación de tomarlo de la mano, de mirarlo a los ojos y que sucediera algo.
Los minutos pasaron, los brazos pegados y despegados, pero siempre volvían a pegarse.
Al salir un suspiro. ¿Qué estupidez pensar que ese toque lo podía haber movilizado? Pensó ella.

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