Entonces allí en la oscuridad lloró librente, descargó todo lo que pudo. Se puso los pantalones y salió a caminar.
Una vez más se sintió sola. Nunca salía a caminar sin alguien a su lado. Se sentó en un banco frente a una pequeña laguna y cerró los ojos. El calor en ese soleado domingo era realmente agradable. Una leve brisa fresca rompía contra sus desnudos brazos.
-Rita!
Escuchó el grito y se estremeció, la voz no resultaba conocida. Abrió los ojos de repente, con algún tipo de esperanza de algo imposible.
-Rita! Vení para acá
Cegada por la luz del sol, Rita trató de buscar con la mirada a la voz masculina.
Un perro grande y dorado la tomó por sorpresa, poniendo sus patas delanteras en las rodillas de la mujer y moviendo la cola con rapidez. Un sentimiento de ternura la rodeó, el animal despertó en ella cierta calidez.
-Rita, bajate de ahí. Disculpame, no sabes lo enérgica que se pone cuando sale
Un hombre joven, de unos 30 años tomó la correa del perro y volvió a disculparse por el comportamiento de éste. Sus ojos se escondían bajo unos lindos lentes cuadrados, no muy gruesos.
-No pasa nada, es muy linda- respondió con timidez
-Bueno, un gusto!
El hombre se fue para no volver nunca más.
Rita los miró con tristeza, no hacía más que ponerse a llorar.
Volvió a su casa, comió una fruta, y se recostó a dormir nuevamente.
7 am. Rita se pone de pie de un salto y sin dudarlo se dirigió a una tienda de mascotas y compró el perro más dorado que encontró. Jamás se sintió tan acompañada.
Ninguna noche más fue de llantos.

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