domingo, 4 de septiembre de 2016

Soledad

Fue entonces cuando Rita rompió en llanto, sus manos temblaban en la oscuridad luego de haber pasado unos minutos realmente excitantes. Un sentimiento de culpa, no, melancolía. No por una persona, por dos. Por las únicas dos personas que la habían movilizado en su vida. Aquellas le invadieron incluso el tiempo privado en el que podía autosatisfacerse. Sus rostros aparecían como fantasmas, no con deseo, sino con tristeza, por lo que tuvo que detenerse.
 Entonces allí en la oscuridad lloró librente, descargó todo lo que pudo. Se puso los pantalones y salió a caminar.
 Una vez más se sintió sola. Nunca salía a caminar sin alguien a su lado. Se sentó en un banco frente a una pequeña laguna y cerró los ojos. El calor en ese soleado domingo era realmente agradable. Una leve brisa fresca rompía contra sus desnudos brazos.
-Rita!
 Escuchó el grito y se estremeció, la voz no resultaba conocida. Abrió los ojos de repente, con algún tipo de esperanza de algo imposible.
-Rita! Vení para acá
Cegada por la luz del sol, Rita trató de buscar con la mirada a la voz masculina.
 Un perro grande y dorado la tomó por sorpresa, poniendo sus patas delanteras en las rodillas de la mujer y moviendo la cola con rapidez. Un sentimiento de ternura la rodeó, el animal despertó en ella cierta calidez.
 -Rita, bajate de ahí. Disculpame, no sabes lo enérgica que se pone cuando sale
Un hombre joven, de unos 30 años tomó la correa del perro y volvió a disculparse por el comportamiento de éste. Sus ojos se escondían bajo unos lindos lentes cuadrados, no muy gruesos.
-No pasa nada, es muy linda- respondió con timidez
-Bueno, un gusto!
El hombre se fue para no volver nunca más.
Rita los miró con tristeza, no hacía más que ponerse a llorar.
Volvió a su casa, comió una fruta, y se recostó a dormir nuevamente.
 7 am. Rita se pone de pie de un salto y sin dudarlo se dirigió a una tienda de mascotas y compró el perro más dorado que encontró. Jamás se sintió tan acompañada. 
Ninguna noche más fue de llantos.


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