Paolo toma la última pitada y apaga el cigarrillo en ese viejo cenicero que alguna vez robó de un tenedor libre.
Ambos recostados en la cama miran la pared como si tuviera algo realmente interesante. Ambos lo saben, pero no quieren decir nada, un tanto por orgullo a no demostrar sensibilidad, y otra porque es aceptar la realidad.
Los ojos celestes de ella están brillantes de lágrimas que tratan de ser contenidas con todas sus fuerzas, pero no puede.
-Te quiero- dice Paolo, luego de un suspiro.
Ella se voltea para verlo, tapando su cuerpo desnudo con las sábanas, como si el joven no lo hubiera visto previamente. Recuesta la cabeza en su pecho.
-Y esto es todo, no?- dice ella. Pero él no responde.
-Te vas a ir?
Él la mira con tristeza y un poco de ternura, luego besa su frente. Quiere decir algo, pero la realidad es una, y no puede ir en contra de ella.
-Te quiero

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