miércoles, 10 de agosto de 2016

Cruda realidad

Creo que nada es peor que ir al médico. Los lugares fríos con esas luces blancas que te matan la vista. Doctores con batas de acá para allá que ni te miran. Las largas esperas para cortas consultas. Caras de culo por todos lados. Y como siempre uno que otro tosiendo, lo cual te genera un nerviosismo comiendote la cabeza de que en la habitación debe haber miles de enfermedades contagiosas.
 Lo peor peor peooor de todo es al atenderte. El médico te mira como si ya supieras qué tenés que hacer, te sientas en la camilla, te sacas el buzo y te toma la presión. Te da cosquillas, te dan ganas de reír sin razón, y hay un silencio tenso, desinfla el aparato.
Después el estetoscopio que por alguna razón debe ser de metal y te eriza hasta los pelos de la nariz de lo frío que está. "Respira hondo", pero no sabes si es inalar y el tipo te dice de exalar o lo haces por tu cuenta.
Pam pam paaaaaam, momento clave. " Sacate las zapatillas y subite a la balanza", una gota imaginaria de sudor cofre por tu frente. Te subís, se mueve todo el aparato inestable, el/la doctora mueve un par de cosas que no entendemos y nos mide.
 La gran tristeza, el gran golpe. Te das cuenta que no tenías que comerte esa medialuna de más, y ese golpe de realidad de cuánto medís y que no creciste ni medio milímetro.
 La cruda realidad.
 Y bueno después empieza lo típico, comerte la cabeza es el paso dos. "Debe ser porque ya no camino diez cuadras, camino cinco", " sabía que no tenía que comprar ese paquete de galletitas". Y bueno, el paso tres es el de la bolaceada, lo pensas, pero sabes que nunca cumplís. "Voy a ponerme a hacer abdominales, a comer ensalada y menos porquería".
 Al malacostumbrado es muy difícil que lo saques de su costumbre, dejemos de engañarnos.

 Odio ir al médico.

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