-Para, dejá de boludear. ¿Qué estás haciendo?
La chica cerró los ojos. Sentía que podía caerse así, pero la sensación de adrenalina era insaciable.
Bernardo la agarró del brazo y tiró hacia él para alejarla del borde del abismo.
-Vos estás loca?
Sara automáticamente lo abrazó y hundió su cabeza en el hombro del muchacho. Bernardo no sabía qué decir. No la conocía.
-Dale, ya pasó. En un rato volvemos.
Se acercaron al auto volcado, un Renault 12, que parecía más un descapotable luego del accidente.
Bernardo no la conocía a ella, sólo necesitaba volver a casa esa noche y pidió que lo llevaran. Sara temblaba de frío, nervios y miedo. Su cabeza estaba sangrando. Era increíble que no pasara ningún auto para poder ayudarlos.
Esa noche iba a ser perfecta, Sara al fin podría bailar con el chico que le gustaba. El típico rubio de ojos verdes que atraía a todas las chicas del Instituto. Tan sólo un error, y su sueño se convirtió en pesadilla. Ella era alérgica al queso, y por accidente en su plato había caído un pedazo de tal. Sara sintió ganas de vomitar, pero había podido controlarlo muchas veces. Llegó la hora del baile, la fiesta era agradable. Se acercó insegura al muchacho y pidió bailar con él. Sin siquiera dejar responder, vomitó toda la cena en los zapatos del chico.
Llanto, carrera hasta el baño, y laaargas horas odiándose a sí misma.
Bernardo, que había visto todo, se limitó a hablar con sus compañeros, no le gustaba bailar en publico. Sara conocía a sus compañeros, y cuando ya se había relajado un poco se acercó a ellos. Estos sin algún tipo de compasión se rieron de ella produciendo en ella un desprecio total por todos. Bernardo de acercó a ella y le dijo "es mejor que te vayas". No tenía mucho tacto para hablar, pero entendía que si ella se quedaba lo más probable era que todo empeoraría. Ella secamente le respondió que no necesitaba que la echaran, y que el no era nadie para decirle qué hacer. Para dio media vuelta y se alejó.
Bernardo bastante malhumorado, la siguió.
-No lo digo por mí, lo digo por vos. ¿O preferís que se sigan riendo de vos? Hace lo que quieras.
Ella lo miró pensativamente y asintió con la cabeza mientras nuevas lágrimas caían por su rostro.
Sara se alejó otra vez para ir hasta la puerta mientras que Bernardo volvió al grupo de compañeros.
-Así que te gusta la vomitona de Sara?
-No me jodas. No la conozco
-Dale, hacete el sota. Sabemos que la miras durante las clases- confesó uno de los muchachos.
-Ay el enamorado.
Todos rieron luego de ese comentario.
-Me aparece una tonta, si? No hace más que hablar de ropa- dijo Bernardo determinado.
-Y... Es una mujer, no?
Bernardo se alejó para no escucharlos. Salió a tomar aire un poco. Se sentó en un banco frente al lugar. La quinta era enorme. Era la primera vez que pisaba un lugar así.
Un ruido de motor forzado interrumpió sus pensamientos. Con su rostro serio y duro como piedra se acercó al auto. Para estaba con la cabeza apoyada en el volante y una mano en la llave, tratando de arrancar el auto sin remedio. Bernardo golpeó levemente la ventanilla con su mano. Ella lo miró sobresaltada y se tapó el rostro con sus cabellos.
-Dale. Abrime, Sara.
Ella lo miró nuevamente, y después de sonarse la nariz con un pañuelo de tela, abrió la puerta.
-Salí de acá- espetó Sara
-¿Sabes cómo arrancarlo?
Ella lo fulminó con la mirada al ver la sonrisa burlona que él tenía.
-Ayudame a empujarlo, querés?
-Por favor nunca, no?- Bernardo se puso detrás del auto y empezó a emoujar, pero era inútil. El auto era pesado y estaba estancado en el barro.
-Vas a tener que venir vos- le gritó desde atrás. Sara se acercó pero sabía que era inútil. Era demasiado menuda como para hacer tanta fuerza.
-A la cuenta de tres, uno..
-dos...
-TRES
El auto se movió un poco, tenían que sacarlo del barro para poder arrancarlo.
-Otra vez.
Contaron hasta tres y el auto logró salir. Pero los pies de ambos terminaron al menos hundidos en 20 centímetros de barro líquido.
-Che, qué inteligente, ahora voy a embarrar todo el auto.
-Encima que te ayudo te quejas?
-Podía haberlo sacado sola- dijo orgullosa
-Sí, por eso llorabas arriba del volante. Sos ridícula.
Sara trató de quitarse el barro de sus tacones, pero era prácticamente imposible. La mugre de había impregnado en las pantimedias.
Durante el silencio, Bernardo pensó en que no deseaba volver a esa fiesta. Realmente no era divertido, ni tampoco agradable. Sólo se le ocurrió una cosa.
-Me podrás alcanzar hasta mi casa?
Ella soltó una risotada.
-A vos? Ni en pedo
-Ojalá que choques el auto, garca- dijo Bernardo y se volteó para irse.
-Dale subite. No me puede pasar nada peor hoy.
Ella logró arrancar el auto, por suerte había conseguido la licencia pronto antes de terminar el secundario. No paraba de quejarse sobre la terrible noche que había pasado. Bernardo no hacía más que discutirle sobre todo. Principalmente sobre el rubio.
-Si es obvio que sólo tira facha. Cómo no te diste cuenta? Yo si hubiera sido él...
Y dejó las palabras en el aire
-Si fueras él qué?
-Por acá no podés andar, estamos muy cerca de la costa
-Callate, soy yo la que maneja- respondió enojada
Cambiaron de tema, pero había algo que no pudieron prevenir. La ruta estaba siendo arreglada y los carteles de aviso eran poco visibles. La calle de tierra pasó a ser de piedras y el auto empezó a descontrolarse, hasta el punto de volcar en una curva sin manera de poder evitarlo. Sara se sostuvo del techo y Bernardo de aferró a la puerta. Sufrieron bastantes golpes pero sin gravedad.
Y volvemos al principio. O mejor dicho el final.
-Me van a matar- dijo Sara preocupada- me van a matar y no puedo hacer nada, la puta madre
-No está taaaan mal
Bernardo trataba de evitar que ella mirara el auto. Éste se encontraba destrozado y lleno de tierra.
-Encima no viene nadie, no tenemos un teléfono para llamar. Es todo tu culpa!
-¿Mi culpa?-Bernardo no lo soportaba más
-Vos me dijiste "ojalá que choques"
-Uh, vos no sos más tonta porque no podés. Vos manejabas, yo te avisé que no vengas por acá. Así que bancatelá y no me jodas a mí. Me tenés re podrido
Sara pateó una piedra al auto del enojo y rompió accidentalmente uno de los espejos.
Como una muñeca de trapo se rindió en el suelo y comenzó a llorar.
Bernardo sentía enojo, pero le daba ternura, era cierto lo que decían los compañeros, pero sí que era difícil aceptarlo. Tenía miedo, mucho miedo.
Bernardo se sentó a su lado, la rodeó con su brazo y sonrió. Su sonrisa terminó en carcajadas.
-De qué te reís?
-De la situación
-Qué salame
-Si
Ella dejó que la rodeara con el brazo. No le incomodaba. Él trató de hacer la reír de algún modo, contándole chismes de la fiesta y demás, pero no hacía más que recordarle a ella el desastre que fue todo.
-Te acordas esa vez que le manchaste con tiza el asiento a la profesora y después estuvo todo el día con todo blanco?
Ella soltó una risa, que pareció más un suspiro.
-¿Y vos cómo sabes eso?
-Aunque no lo creas yo existía antes que hoy
Ella sonrió.
-Disculpame. Sos el único que me ayudó
-Y me ligué lo peor
-Dale, vos también me provocabas pelea- dijo Sara más tranquila.
Bernardo la miró a los ojos, veía más que nada si silueta en la oscuridad. Limpió con cuidado una lágrima que permanecía en su mejilla, y luego se acercó para besarla.
-No soy mejor que el rubio?
-Callate- dijo entre risas y lo besó nuevamente.
Un auto pasó. No se detuvo. Los dos miraron las luces hacerse pequeñas al alejarse.
Ya no había nada peor.

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