domingo, 12 de junio de 2016

Sueño en stereo


El plato de Emile se enfriaba pero eso no le preocupaba, su bebida perdía gas pero eso no le inquietaba, la gente que lo observaba por pedir delicioso plato y lo ignoraba. Ese mediodía casi tarde era todo un "aba", menos la sorpresa con la que amaneció, sintió que lo llamaban, estaba solo, era una sensación amistosa, cálida, una palmada en la espalda, un fantasma de los buenos que te hace sentir bien. Ese día lo dedicó a buscarlo, a dejar el bus y volver a andar en bicicleta para encontrar lo que sentía.

Pidió llevar la comida y se alejó de las miradas inquietantes. Retomó la Rue de Berri y se enamoró del aroma de las panaderías que estaban abriendo, su bicicleta era su vehículo y su corazón su brújula, el olfato no tenía protagonismo y dobló hacia Rue de Balzac donde las palomas debaten en la Catedral Truffaut. Jugaba al frío, tibio y caliente, su respiración se aceleraba y las ganas, la excitación de búsqueda le hacía pasar algunos semáforos en rojo a la vista de los peatones absortos al ver tan osadía. Esto era un asunto de necesidad, era justificado. 

La pista que su inconciente le había proporcionado eran las ganas de desayunar leyendo, si, había sido un sueño el que había tenido, no lo recuerda pero si las sensaciones. La sensación de saber, la curiosidad de leer algo que te desnude, que te haga cuestionar el cómo haber vivido sin haber leído antes esto. El libro de tu vida, el autor de tu vida. Cruzó media plaza Godard en pos de ir al lugar, a ese fragmento del sueño que era real, a la librería Melville que estaba sobre la calle Chabrol, cuyos libros eran las columnas del conocimiento, un alfombrado persa que le gustaba fantasear que era original y trataba no ensuciarlo caminando por los bordes. Allí se encontraba Ingmar, un anciano, cuyas arrugas son desde la memoria de Emile, pareciera como si hubiera hecho un pacto con la muerte para vivir eternamente viejo. Él no te aconseja libros, los acomoda, husmea lo que uno busca pero no pregunta, confía en el juicio del comprador. Emile no sabía qué comprar y entró apurado, casi como si le quisieran robar al pobre Ingmar, el silencio y la tensión se hacían cargo. Bajó la mirada y se hizo a un lado porque estaba pisando la alfombra. Ahora estaba en el juego.

Sabía que era el lugar y que estaba viviendo el sueño, sentía que había estado allí como tantas noches lo había imaginado. Por fin aceptaba la invitación, su corazón era una brasa ardiente a medida que buscaba libros el calor aumentaba. Comenzó con los más nuevos cuyas tapas se doblan y prosiguió por las más viejos, esos que son la base de las columnas de los libros nuevos, cuyas tapas son duras, o no tienen, y sus hojas están escritas, amarillentas y con un olor especial, olor a nostalgia, aroma de saber. Esa era otra pista para Emile, se arrodilló, extendió su brazo lo más posible para hacer tacto con uno y sostener que la pila que estaba al lado de él no se derrumbara. Tanteó, y desembolsó un libro arrugado como el rostro del anciano. Es ahí cuando su corazón cobró sentimiento, porque desde hace rato que su corazón cobraba en razón y allí radicaba el problema. Sus sueños le pedían equilibrio, que vuelva a sentir en vez de tratar entender.

Pagó con la mayor satisfacción posible, ese día no había sido un desperdicio para Emile, al salir volvío a cruzar la plaza, se detuvo en un banco junto con su bicicleta, agarró una piedra y la tiró, empezó a leer y a jugar, yendo de un mundo a otro.

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