Los pies helados en una caminata que parece interminable. Casi ni siente los dedos de las manos, pero sigue sonriendo, trata de ser lo más simpática que puede, sabe que le ha ido mal por tener una mala actitud frente a las personas. Le lloran los ojos por el viento y moquea cada tanto.
Él le sonríe con ternura. Siguen una conversación que va de rama en rama, enriqueciéndose por los conocimientos de ambos.
Ella se vistió con sus mejores ropas para verlo. El no, pero lucía bien. Era atractivo.
Nervios, comentarios tontos y algo insólitos, vergüenza, timidez, agobiamiento, felicidad. En ese orden.
Un café, un lugar de descanso al fin. Ella se sienta y se quita su abrigo. El mira su teléfono, está distraído. Luego le sonríe.
La conversación sigue, piden algo para beber y comer. La vergüenza de comer frente a otra persona. ¿Cómo no parecer anormal?¿Cómo caerle bien?
Salen del café. Más viento. Las hojas de otoño corren por el asfalto.
Un silencio. Incomodidad.
El le propone caminar hacia la costa. ¿Aún más frío por él? Pero si, ella estaba dispuesta.
La mandíbula entumecida, los dientes apretados. El pelo revoltoso en ambos.
Pero había algo que ella no sabía. Algo muy cruel, o tal vez tierno, pero doloroso en fin.
A él no le atraía ella. Le daba pena.
Salida de acompañamiento.
Sufrimiento en vano.

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