Recomendación: escuchar esto al leer Chopin, Tristesse
Los engranajes de las ruedas contra la vía llenaban el silencio del bajón en el que ella iba. Su libro de J. D. Salinger se había puesto amarillo con el tiempo, y una de sus hojas se estaba por caer. Su concentración se dispersaba fácilmente con el anochecer de la ventana, era bellísimo.
Los asientos eran incómodos, de un cuero ya desgastado con la espuma de poliuretano desgranandose por doquier.
Era el pasaje más barato. ¿Por qué necesitaría más? El objetivo era llegar a un lugar. No sabía con exactitud, pero algún lado era.
La linea de horizonte ya se había tragado al sol. Una luna borrosa y turbia se hizo presente.
El tren se detuvo. Un ronquido salió desde el fondo del vagón. Ella se puso los auriculares y reprodujo una sonata de Chopin. Muchas personas subieron y se ubicaron en los asientos. El de su lado seguía aún vacío.
Una vez más el tren volvió a su ritmo. Ya no prestaba atención al libro. Sólo a la música en sus oídos. Se imaginaba a ella sentada frente a un brillante piano de cola de color negro, con un lindo vestido a juego con éste. Sus manos iban tan rápidamente de la clave de sol a la clave de fa. Sus dedos imitaban el movimiento sobre la tapa del libro.
Su corazón palpitaba, sentía la música en esa escena, como en una película. Ese momento en que las teclas van más rápido porque algo impactante sucederá, los nervios y la mandíbula tensa. Y de pronto una bajada, un cambio de tiempo. Más tranquilo. Como el tren, que volvía a frenar en otra ciudad.
Ella toma su mochila, la música vuelve al acelere, como si tuviera que alcanzar algo, como si tuviera que correr o saltar. Energía por doquier en los dedos de Chopin.
Sale del vagón. Ahí estaba él, sonriendo con ternura, esperándola desde hace tiempo.
-Papá.

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