Esos momentos incómodos como cuando se te corre la plantilla de la zapatilla mientras caminas, se te desabrochó el corpiño o el calzón toma una posición que no debería, no se comparaban a la incomodidad que Graciela sentía en ese momento. El día en que tal vez podría declararse a su amor, un grano gigante apareció en su rostro como un volcán a punto de explotar. No quería salir a la calle así, pero él se iría pronto de viaje y no lo vería por un tiempo. No quería tampoco dejar pasar ese momento, tenía que hacer algo para llamar su atención, aunque un grano no era la mejor opción.
Graciela trató de quitárselo, dolía demasiado, una montaña justo en la punta de su respingada nariz. Lo más lógico podría ser ocultarlo con una curita, pero la nariz lo hacía imposible. Tal vez quedaba aún más ridícula con una bandita en su cara que con un poco de acné. Pero ese grano era el infierno. En cualquier momento cobraría vida.
Terminó por pincharlo con una aguja, grave error.
Preparada para salir, trató de maquillar como pudo la marca rojiza de su nariz. Era demasiado evidente, y el polvo color piel era bastante notorio sobre su piel.
Tomó el colectivo hasta la plaza y se sentó en un banco a esperarlo.
El tiempo pasaba y Graciela se ponía aún más nerviosa. Tocaba su rostro constantemente tratando de ocultar su grano de la gente.
Una hora. Si, una hora de espera. Con lágrimas en los ojos fue a su casa.
El que ella deseaba sea el amor de su vida le falló, y no sólo eso sino que su rostro se infectó por no esterilizar la aguja.

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