lunes, 6 de junio de 2016

Años que no van a volver

Hace poco tiempo volví a la ciudad donde nací, San Carlos de Bariloche. Visité los lugares a los que iba de chica, recorrí todo el centro. Pero hubo un lugar que me pegó fuerte.
 Fuimos con mis hermanas de nuevo a nuestra última casa en esa ciudad. Un barrio medio pelo que yo recordaba con colores, sol y risas. Pero ya no lo era.
 Ya no había chicos corriendo por las calles. No había ni perros. Sólo quedaban las casas, una igual a la otra, de ese color amarillento y verde que con el tiempo ya estaban grises y un tanto resquebrajadas. Pastos altos, prácticamente sin mantener.
 Era triste. Todo se veía triste. Y el clima de pronta tormenta no ayudaba.
 Visitamos viejos vecinos. Un hombre viudo, su mujer, una persona increíble que tuve el gusto de conocer, había fallecido hace un tiempo por lo mismo que mi papá. Estúpidos cigarrillos.
Esa mujer era muy cariñosa, le encantaba comer, ir al casino y mirar dibujitos. Sus carcajadas se escuchaban desde mi casa y yo vivía justo enfrente. Era un personaje.
 Ahora solo queda este hombre, y a veces su hijo.
 Pasé por la casa de una de mis mejores amigas en ese momento, pero ya hace mucho había dejado esa ciudad. Mi casa estaba cambiada. Bueno, yo le digo mi casa pero nunca fue mía. Era alquilada. Ahora es una especie de hostel con pocas habitaciones. O algo así, no terminé de entender. Talaron todos esos árboles que me encantaba trepar cuando tenía 8 años.
 Llegué a un lugar al que me produjo una sensación rarísima. Prácticamente vivia ahí, la plaza del barrio. Yo la recordaba enorrrrrme pero gigante. Era de menos de una cuadra. Y en ese barrio las cuadras muy grandes no son. Se me vino a la cabeza la cantidad de veces que saltaba, me caía, venía con amigos, se rompían los juegos, los arreglaban. Nadie. No había nadie. Ni un solo nene.
 Las hamacas de balanceaban con la brisa y sólo pensé en sentarme, a ver si volvía a sentir esa alegría de mis 8 años. Pero no.
 Sentía que tenía que presenciar un poco más esa plaza, sabía que iba a pasar bastante tiempo hasta que vuelva a ir, pero entendí entonces que eso ya no era lo que fue. Y yo ya no soy esa nena. Pero que vale la pena recordar lo lindo que era.
 Visité algunos amigos de mi infancia, pero el crecer te hace distinto, es más difícil. Ya somos diferentes, hasta por un momento sentí que estaba fingiendo sonrisas, y eso fue lo más doloroso. Ya no somos nenes a los que no les importa lo que digan los demás, que compartían los gustos generales de cualquier nene. Ahora median tres cabezas más que yo. Claro, yo de altura casi que no crecí, mal que me pese.
 Una de esas amigas del barrio ya tiene dos hijas, si, fue madre joven. ¿Quien lo hubiera imaginado? Su padre, uno de los mejores, bah, un amigo de mi viejo, no nos abrió la puerta. Vaya a saber por qué.
Crecer no puede ser más triste. Quisiera volver a tener 8 años.

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