domingo, 15 de mayo de 2016

A little crush

Evito cosas porque no tengo tiempo. Pero el día que tengo tiempo llueve, y no sólo eso, mi mente se cierra y mi cuerpo solo quiere estar tendido en una cama. No tengo ganas de hacer nada de lo que tengo pendiente. No tengo ánimos. Para colmo es domingo. Los domingos son molestos, tristes.
 No sé si es cosa de mujeres, pero sé que a más de una nos pasa de llorar de la nada a veces sin razón y después volver a lo que estábamos haciendo.
 Hoy mirando el techo me preguntaba por qué es que me reservo tanto a la gente. No supe qué responder. Supongo que es contexto en el que uno está lo que lo determina.
Mi nombre es Alicia Bits, trabajo en una oficina pegando estampillas y recibiendo correos internacionales.
 He coleccionado más de 200 estampillas desde que empecé a trabajar. Me gusta pegarlas en la pared de mi habitación donde está mi cama. Cuando estoy aburrida juego a buscar dónde está la que corresponde a determinado país.

 Había pasado bastante tiempo desde que no salía con un hombre. Cada vez que veía a uno sabía que no encajaría jamás conmigo. No me encontraba desesperada, aunque con 33 años de edad no podía dejar pasar el hecho de estar sola.
 La última vez que había salido con alguien resultó una cita desastrosa. Había recurrido a esas páginas de internet dónde consigues personas para salir. En serio, jamás intenten eso.
 El amor no era para mí, yo no podía ser amada. A nadie le gustaba mi personalidad. Y a los que sí, realmente no me querían como algo más que amigos.
 Llegué tarde a la oficina ese día. Accidentalmente perdí las llaves de mi departamento y estuve un rato largo buscándolas. Mi jefa al verme me miró con recelo. Las cartas aún no habían llegado, así que no debía preocuparme. Ordené las estampillas en la caja que debía mientras esperaba recibirlas.
 Alguien tocó la puerta, un muchacho entró y tartamudeando dejó los sobres sobre la mesa. Sentí un escalofrío. Una sensación de timidez y agitación rodeó mi cuerpo.
 Yo solo asentí con la cabeza. Luego de dejar los sobres me miró con sus verdes ojos.
-Con permiso
Y con una pequeña sonrisa se retiró del lugar.
 Mi corazón palpitaba a más no poder. ¿Pero qué me estaba pasando? Era sólo un jóven. Uno muy apuesto. Con un rostro demasiado delicado para su edad. Ningún rasgo de acné.
 Era una tontería, seguro era algo hormonal por la falta de hombres.
 Traté de evitar pensar en la sensación que me había causado el muchacho de ojos verdes. Pero rondaba en mi cabeza una y otra y otra vez.
 Al día siguiente llegué a tiempo, llevé mi café en una taza térmica y lo dejé sobre el escritorio. Subí la persiana de la oficina, el sol era abrasador afortunadamente. Dejé mi abrigo en el perchero y en eso sonó la puerta. Decidí abrir yo, ya que me encontraba cerca. El joven estaba agachado recogiendo algunos sobres que se le habían resbalado. Levantó la mirada y me sonrió al levantarse.
-Disculpe, le traje los sobres para hoy.
-G-gracias. Deja que los tomo yo.
Traté de tomar la pila de cartas de sus manos, pero me dio vergüenza tocarlo y algunos se cayeron.
-Disculpe- dijo mientras los recogía.
-Lo lamento fue culpa mía. Yo los levanto, puedes retirarte.
Quería que se fuera. Sabía lo que me estaba pasando. Además de sentir un calor incontrolable por dentro, sentí un cosquilleo al tocar sus manos. Eso significaba algo muy serio.
 El chico se puso de pie y mientras rascaba su nuca, volvió a pedir disculpas. Rápidamente se retiró.
 Suspiré más aliviada. Pero me encontraba muy nerviosa. Abrí las ventanas de par en par.
 "Me gusta", pensé, " eso no es posible. En esos casos es cuando me refiero a que el amor no es para mí. El único que me gusta viene a ser un muchacho de 20 años aproximadamente. Soy una enferma.
 Fin de semana. Al fin. Basta de soñar despierta. Un descanso de esos pensamientos sucios en mi cabeza.
Está bien, no fue así. Lloré como una desgraciada por un muchacho que no conocía pero que tampoco me animaba a hablarle.
 Lunes otra vez. La puerta otra vez. Fingiendo que estaba metida en mis papeles hice pasar al chico. Saludó cordialmente y dejó los sobres en la mesa. ¡Crash!
 Bueno tengo que admitir que eso fue lo mejor que me pasó, aunque era mi taza favorita. Accidentalmente el jóven empujó la taza de café y explotó en el suelo mil pedazos. Los dos miramos fijamente el charco marrón sobre la alfombra blanca. Se me secó el cerebro.
 -L-lo lamento mucho. Por favor no me despida, sólo fue un accidente.
 Tenía ganas de abrazarlo y decirle que todo iba a estar bien.
 -No puedo despedirte. Aún así no es tu culpa, fue un accidente.
 Tomé mi bolso y saqué mi paquete de pañuelos descartables. Traté de absorber la bebida de la alfombra, pero era inútil. Era mi culpa por dejar el café al borde de la mesa.
-¿Le dirán algo por esto? Lamento todo esto. No quiero que la regañen por mi culpa.
 Yo le sonreí. No podía evitarlo, me daba mucha ternura.
-Tranquilo, sólo es café. Conozco a una amiga que sabe arreglar estas cosas. No te preocupes.
 El muchacho tenía los ojos muy brillosos, sus manos estaban temblando. Me puse de pie y él hizo lo mismo.
 -Necesitas mucho este trabajo, cierto?
Él asintió con la cabeza.
-Relajate que yo lo soluciono. Sigue con tus asuntos, mañana verás que será como si no hubiera pasado nada.
-Gracias-dijo sonriendo- es usted muy amable.
Luego se retiró del lugar. El lío era bastante grave, pero tenía remedio. En realidad no tenía una amiga que sepa solucionarlo, así que busqué en internet cómo limpiar la mancha. Debía quitarla con alcohol, pero no tenía ningún elemento de limpieza allí, así que opté por esconderla moviendo el escritorio. El día afortunadamente se hizo corto, yo esperaba poder volver a casa y así limpiar todo al día siguiente.
 Llevé una esponja, alcohol y un poco de detergente en mi bolso. Dejé todo en el suelo y me puse a limpiarlo con velocidad antes de que el chico apareciera. Refregaba como nunca pero era muy difícil quitar la mancha. Maldije todas las alfombras blancas del mundo.
De pronto oí la puerta abrirse. Me alarmé, y en eso mi cabeza chocó fuertemente con el escritorio.
-Auch, ¿se encuentra bien?
Me levanté despacio, haciendo presión en mi cabeza dolida. El muchacho había entrado.
-Perdón, vi la puerta abierta y entré. No lo haré de nuevo
-Está bien, pasa. Se me...cayó un pendiente al suelo.
-La Mancha ya no está.
- ¿Ves? Te dije que todo estaría bien.
El chico me miró sospechosamente.
-Aquí hay algo raro.
-N-no.
 Él se acercó a mí, con mucha confianza, y se asomó bajo el escritorio. Soltó una carcajada y mirandome con esos ojos tiernos me dijo: lo sabía.
 ¿Qué quería que hiciera? No era algo fácil de quitar.
- Sabía que usted estaba mintiendo. ¿Puedo ayudarla?
 -Sí, claro. Digo, no. Perderás tiempo para hacer tu trabajo.
-Todo va a estar bien. No quiero dejarte a cargo de mis accidentes. Dejarla, perdón.
 Yo sonreí. Era un joven muy respetuoso, muy amable. Pero era eso, un joven. Diez años menor que yo. ¿Qué pensaría la gente?
 El muchacho se agachó y tomó la esponja. No podía ayudarlo mucho, el espacio era bastante reducido y sólo había una esponja.
-¿Como es que tiene una oficina sólo por pegar estampillas y enviar las cartas a los países a los que ya se sabe que van dirigidos?
-Es más difícil que eso, debo corregir cada carta e imprimirla en el formato correspondiente. Luego las envío.
 La conversación se hizo muy llevadera, y él estaba logrando quitar el café de la alfombra. Era demasiado dulce, la charla se hizo más íntima y conocí parte de su vida. Era muy interesante. El chico estaba estudiando medicina, aunque presionado por sus padres, y trabajaba a la vez para poder pagar los estudios. Tocaba la trompeta y le gustaba mucho el cine mudo. Era perfecto. Era el hombre que buscaba hace años y jamás había encontrado.
 La puerta sonó. Ambos nos alarmamos.
-Quién es?
-Victor- se escuchó tras la puerta. Víctor era mi jefe, no podía encontrarme haciendo nada y con un extraño bajo mi escritorio.
Le dije susurrando al muchacho que se escondiera bajo el escritorio. Me senté con rapidez en la silla y me acerqué a la mesa.
-Adelante.
 Víctor abrió la puerta y se sentó frente a mí. Quería hablar respecto a mi sueldo y que lamentablemente debía reducirlo un poco. Poco escuchaba de lo que decía, porque el muchacho me había robado un zapato y me hacía cosquillas debajo del escritorio. Le pegué una patada de la cual me arrepiento sólo un poco. Víctor terminó su discurso y luego se fue.
 Miré bajo la mesa enojada.
-¿Estás loco?
El sonreía como un niño travieso. Pero sé que no lo era. Tomó mis tobillos y con delicadeza fue subiendo sus manos por mis piernas.
 Me sentía confundida, pero no me disgustaba para nada lo que hacía.
 Llegó a mis rodillas, por donde comenzaba la falda y, como yo estaba muy tensa y tenía las piernas cerradas, él trató de abrirlas lentamente. Era demasiado, no era el lugar. Esto no tenía que pasar.
 -No, no. Basta. Tenés que volver a trabajar, y...y yo también.
Él se puso de pie. Yo me levanté rápidamente y le abrí la puerta. Antes de irse me sonrió y se acercó a pocos centímetros de mi rostro.
-Hasta mañana.
 Y queriendo robarle un beso sólo me quedé mirando el suelo, con la mente en blanco. La puerta seguía abierta. La secretaria del jefe pasó y me preguntó si me encontraba bien. Yo le sonreí y cerré la puerta.
 Tuve que quedarme hasta tarde terminando de corregir todo lo que no hice en su tiempo. Ésta historia me estaba distrayendo demasiado.
 Luego de un largo tiempo terminé y recogí mis cosas para irme.
 Bajé por el ascensor y al salir, mientras cerraba mi tapado, escuché un silbido.
 -Lindo abrigo- era el joven
-Estuviste esperando a que saliera?
- En teoría, sí.
-Me tengo que ir
No podía dejarme llevar. Esto no estaba bien.
-Hey, hey, hey. Por favor.-Y me miraba con esos ojos tan tiernos, era su mejor arma- sólo camina conmigo un par de cuadras. Después eres libre.
Lo dudé pero no podía decirle que no. Era muy hermoso, emanaba una confianza, una contención tan linda.
-Está bien. Pero sólo un par.

Me llevó por todas las tiendas del centro comercial, hasta que vio una taza con la estampa de Audrey Hepburn y me la quiso comprar. Está bien, había roto la mía. Caminamos muchas cuadras, comiendo confites y riendo de cosas de mi juventud que ya no recordaba. Me volvía a mis 20 años. Me sentí hermosa otra vez, me llenaba de halagos y a veces me robaba besos en la mejilla.
 Me invitó a un bar y tomamos un par de tragos. No demasiado, yo sabía contenerme. Aunque tal vez no tanto, me sentía más tonta que nunca. No sabía si porque estaba muy ebria o si era a causa de ese chico.
 Terminamos en la playa. Le dije que no me gustaba demasiado, pero me convenció para ir. No hacía demasiado frío, por lo que me quité el tapado y él se ofreció a llevarlo durante todo el trayecto.
 En un momento hizo que me detuviera. Tomó mi hombro para que volteara a mirar la luna. Se reflejaba limpiamente sobre el mar. Era un paisaje hermoso. Nos sentamos en la arena. Quedamos en silencio. Había poco para decir en ese momento. Tomó mi mano, luego me miró.
-Qué pasa?- le dije.
-Eres preciosa. Ojalá hubiera más mujeres como tú.
Reí.
-No mientas, ya estoy empezando a arrugarme.
Se acercó lentamente, y mirando mi boca con deseo, me besó. Son inexplicables las sensaciones que sentí en ese momento, pero también los pensamientos me empezaban a consumir demasiado la cabeza.
El beso terminó y volvió a mirar el paisaje.
-Eres demasiado grande para ser tan tímida.
No supe qué responder. ¿Quien decide con quien debo o puedo estar?. Mi vida es sólo mía, no debería preocuparme por lo que dicen los demás.
 Pero y su vida? Sus amigos lo humillarían.
Pero no le avergüenza. Es una persona valiente.
 Me acerqué y le di un beso muy apasionado. Nuestras lenguas jugaron con todo ese deseo, mis fantasías se cumplían. Él era el hombre para mí.
 Tomó mi cuerpo como si fuera lo más hermoso que vio algún día. Recorrió mi cuerpo con su lengua generando el placer que jamás había sentido. Fue una noche mágica.

Lo que le siguió a esa noche fue un sueño, salí con él por mucho tiempo. Pero sus padres eran demasiado estrictos y me veían como una enferma. Tuvimos que separarnos. Yo sé que él me ama, yo lo amo a él. Él ahora está muy lejos, se fue a un país del cual no sé siquiera su idioma. Pero yo sé que volveré a verlo. El amor es más fuerte que cualquier cosa.

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