"¿Cómo saber que esta ciudad estaba hecha para el amor? ¿Cómo saber que tu cuerpo estaba hecho para el mío? Me gustas. Qué acontecimiento: me gustas. Qué lentitud, qué dulzura". Hiroshima Mon Amour (1959) de Alain Resnais.
Más allá del valor del boleto, del frío, del calor, los chicos que no se sacan la mochila cuando suben, la mala onda del chofer: viajar en colectivo es algo mágico. Ese micro-universo que se compone en los minutos que tardemos en llegar a destino día a día. Y más cuando uno se enamora en el transporte público, ese hermoso momento en que pareciera que fuera una película con soundtrack incluido de lo que estamos escuchando ese momento. Generalmente nos enamoramos de la chica sube más de la que ya está sentada porque la vemos de cuerpo entero. Si, el amor de colectivo es superficial, lo lamento, aunque uno se puede hacer una idea de su personalidad por la ropa que lleva y más si está leyendo un libro.
Ver a alguien leyendo un libro que te gusta, es ver a un libro recomendándote a una persona.
Miramos sus rasgos, su pelo, su flequillo (disculpen, soy fan de los flequillos, ustedes pueden hacerse su propia fantasía), sus labios y para validar que ya estamos degustando esa hermosa sensación: sus ojos. Una mirada? Not quite my tempo. Una mirada resistente y penetrante como si estuvieran jugando una pulseada, generalmente bajo yo la vista porque pienso que la podría incomodar. Pero debo verla una vez más. Nos abrazamos con la mirada...1...2...sonrisa...3...mirada baja.
Ya estoy enamorado.
Siempre que salgo me gusta llevar un libro, y algo para escribir en casos de que deba esperar o sea un momento idóneo para leer o escribir, siempre los hay. Pero en el colectivo nos ayudan a descansar, ya no estamos leyendo el libro, pasamos de página, nos perdemos, la leemos a ella ahora.
Hay una regla de saber popular entre los pasajeros que, durante este estado, uno no debe intentar hablarle a la dama porque arruinaría el momento, la esencia, consta en el movimiento del cuerpo: su pose, mi mirada, se toca el pelo, recurro al libro, sonríe, trato de adivinar su perfume embriagante. El amor de colectivo no es infidelidad porque es algo que termina en el momento en que uno de los dos se baja para continuar camino.
Me muerdo la lengua pidiendo otra parada más, aprieto mis manos para no levantarme y descender con ella, que el aroma de su perfume se mezcle con una café endulzado con dos o tres conversaciones.
Hay una maldición gitana que dice "Ojalá te enamores". Capaz esa sea mi maldición a llevar cada vez que tomo un colectivo.
Ph: Maca Arzúa.
Ph: Stanley Kubrick.


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